16:45, segunda llamada, silencio absoluto y expectante.
16:50, tercera llamada, gritos, chiflidos, año 12, en el escenario el Maestro Benjamín Juárez Echenique, Director General del Recinto y el Embajador de la Unión Europea dan un discurso de bienvenida en el que se habla de la colaboración, del talento, del entusiasmo, de la unión en la diversidad; el calor no cede, el discurso unificador y sincero sigue, ellos bajan del escenario y suben cuatro individuos, dos de ellos caras conocidas, Gabriel Puentes (Baterista) e Israel Cupich (Bajista), los otros dos venidos desde Austria y radicados en Nueva York desde hace 15 años, co-propietarios del Lofish Production Inc., Walter Fischbacher (Piano y Teclados) y Elisabeth Lohninger.
Lo que precedió a su apersonamiento fue la enunciación de lo que para el individuo representa y ha representado la música y en particular el canto, desde las invocaciones más místicas representadas en un rito hoy pagano, pasando por los arrullos que de pequeños nos hundieron en los más dulces y profundos sueños, hasta llegar al swing de una voz llena de potencia lirica, pero no por eso falta de sensualidad y desbordante de poesía.
Las baquetas de Puentes rebotando con la voz danzante de “skinny” Lohninger, el Piano acariciado con los dedos de Fischbacher firme y en tempo, el violín-toro de Cupich colgado acompañando al scat de esta poeta extraordinaria, su presencia es contundente, igual su voz.
Snowstorm, Mirage, Beautiful Love, I fall in love too easly, un poco de Folk y Blues, Only had eyes for you, Skylark, Taking a chance with love y un encoré con el poema de la cubana Dulce María Loynaz, Si me quieres, quiéreme entera .
Después de esto uno solo puede hacer algo, obedecer a la imperiosa necesidad de renunciar al mundo y tomar la decisión de recorrerlo, de conocerlo y de hacer de él un sitio para escuchar y practicar el arte milenario de ser paciente, solo para entender que el mundo no necesita ser mejorado, siempre ha estado bien, al menos desde antes de que llegáramos a él, sin embargo y mientras escribo esto, pienso en una sola cosa, en el canto de aquella hechizera del jazz que me ha embrujado desde aquella tarde de febrero.
Fotos: Eduardo Banda Olivares
CARPE DIEM

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