Guitarra por Seguiriyas (Jonathan “Juanito” Pascual), un cajón (Tupac Mantilla), raspando el viento, asemejan palmas, pero las palmas también se hacen presentes, acompañadas por una voz quebrantada de dolor (Isabel Julve); invocando al duende de la música flamenca, pero también al piano (Alex Conde Carrasco), que acompasa esto que parece un rito, ya sea por su misticismo, ya sea por la sincopa que emerge del bajo (Haggai Cohen Milo).
El piano se desliza entre una nota y otra, rematadas por las palmas, el bajo las congela, la guitarra flamenca, tanguera y milonguera, la rumba del taconeo de "La Julve" y el viaje sigue; graves, cuerdas de guitarra, piano, voz y bajo, de pronto, todo se interrumpe, silencio, y luego… vítores, chiflidos, y luego… el silencio quebrado por los lamentos, nada los interrumpe, silencio, el cajón vuelve a raspar, nos arrastra, nos lleva por las alegrías , por el desencanto, por aquello que por alguna razón, me recordo a este pequeño fragmento de poesía:
“… Las palabras murieron ahogadas
en dosis letales de sonoridad,
se han convertido en fantasmas en el aire,
aves volatizadas,
despedazadas silabas muertas…”
Estas letras que pertenecen al Poeta, Maestro y Doctor José Antonio Cavalcanti, originario de Brasil, me habían estado girando en la cabeza hace ya bastante, y es con estas letras con las que ilustro lo ya inilustrable en palabras – al menos por mi parte, pues el Maestro lo hace mejor -, aquella séptima tarde de Marzo, una tarde de duende, de lamentos, de sonidos y de poesía con letras, con notas, poesía que habla de la destrucción, pero también de lo que surge en medio de esta misma.
Fotos: Eduardo Banda Olivares
CARPE DIEM
Para mas sobre José Antonio Cavalcanti: Poemargens

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